¿Qué es esto de que... escribís historias?

Por Paul Ponce
Buenos Aires, diciembre de 2001. La crisis social, financiera y política de Argentina caía como un asteroide gigante sin que nada lo detuviera.
¿Dónde estaba yo?
Bastante alejado de esa realidad, trabajando como productor de video online para Endemol. Acabábamos de terminar la segunda temporada de lo que entonces era un formato televisivo revolucionario. Un reality. Big Brother.
Gran Hermano para la audiencia local.
Doce personas que buscaban fama y fortuna habían entrado voluntariamente en una casa vigilada por decenas de cámaras, completamente aisladas del mundo exterior.
En medio del aislamiento, se les escapó un par de cosas.
En el mundo, las secuelas aterradoras del 11-S aún estaban muy presentes. Y por casa, la realidad de una economía y un gobierno en caída libre anunciaban otra pesadilla en puerta.
En diciembre, el país entero era una olla a presión.
El 19 de ese mes, voló todo por el aire. Al día siguiente, el presidente se fue volando en helicóptero.
CORTE A: cinco presidentes en once días.
La realidad le estaba pasando el trapo al reality.

Mi vida laboral no se quedaba atrás.
La mayoría de mis compañeros en Telefe ya tenían su próximo laburo asegurado gracias a sus contactos en los medios. Yo era el nuevo. Todavía estaba intentando entender quién era quién.
“¿Y vos, qué vas a hacer?”, llegó a preguntarme uno.
“¿Yo? Yo, eh… dar clases de inglés”.
“¿Clases de qué?”.
Claro. Ninguno sabía que el chico que hacía los videos que salían por Internet había crecido en Estados Unidos. Y menos que menos, que la tenía bastante clara con el idioma del norte.
Para ellos, era como si un diseñador gráfico anunciara que se iba a hacer plomero.
Días extraños.
Pobres. Imagino que los habría confundido aún más si les hubiera mencionado que antes de egresar como Diseñador de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires, había cursado dos años de ingeniería en la Universidad de Miami.
Bienvenidos a mi vida, donde lo extraño y las colisiones celestiales siempre han sido la norma.
Always, my friends.
Cuando me metí de lleno en el mundo de las clases de idiomas en Buenos Aires, también me llevé un par de sorpresas. Muchos de mis alumnos habían aprendido inglés bajo un estándar extremadamente formal, y algunos de los profes más tradicionales daban por sentado que cualquiera que enseñara inglés dedicaba su tiempo libre a soñar con los tiempos perfectos y las oraciones condicionales.
Hasta que descubrieron que el teacher nuevo tenía un hobby, sí, sí… medio extraño.
Nadie parecía más preocupada que mi jefa en el instituto de idiomas donde me habían tomado. Una profesora de inglés de la vieja escuela. Llamémosla Norma.

Mientras revisaba mi currículum, vio algo. Algo que no encajaba.
“¿Qué es eso de que… escribís historias?”.
Como si acabara de confesar que había rayado un BMW en el estacionamiento.
Tampoco tenía un título de profesor. Otro punto a favor. Al parecer, le estaba dando mucho en qué pensar a Normita.
“No te preocupes. No se lo voy a contar a nadie”, la tranquilicé, sabiendo perfectamente que se lo contaría a cualquiera que se me cruzara por el camino.
La sonrisa fulminante de Norma lo decía todo. Un milagro que me hubiera contratado.
Por lo visto, alguien se había olvidado de avisarme que tenía que elegir un mundo y quedarme en él.
Me hizo acordar un poco a George Costanza entrando en pánico por el choque de "mundos" en la comedia noventosa Seinfeld. George tenía sus compartimentos. Si los juntaba, toda su realidad podría derrumbarse. Por eso, optaba por mantener sus mundos separados.
Lo entiendo. Las etiquetas ahorran tiempo. Productor. Profesor. Autor. Conocés a alguien, lo guardás en un cajoncito y seguís con tu vida. Después vuelve esa persona y te dice algo que no encaja y tenés que reorganizar todos los muebles.
Durante más de veinticinco años, le di motivos a mucha gente para reorganizar sus muebles.
Perdón, George.
Entre el set y el aula

Antes de que volvieran los estudios de televisión a mi vida, encontré otra excusa para agarrar una cámara.
Pelis para fiestas temáticas juveniles.
El rodaje duraba un día. Después me sumergía en la edición y los efectos hasta tener todo listo para el día del gran festejo.
El objetivo era convertir a alguien en estrella de su propia minipelícula, y había un público real esperando para verla.
Encima, la fecha de estreno era inamovible. Nadie iba a posponer su cumple porque el tipo que hacía los videos no había terminado de cranear cómo cuernos iba a meter una nave, una explosión o una casa embrujada en lo que habíamos filmado frente a un telón verde en un taller mecánico de Villa Lugano.
A no desesperar. La situación estaba bajo control.
Fue ahí donde empecé a ponerme a tiro con dos programones de posproducción para los que no pertenecíamos al universo Mac y Final Cut pero aspirábamos a laburar a la par: Adobe Premiere y After Effects. Mi PC comunarda, equipada con esos programas y una potente tarjeta de video, se convirtió en un pequeño estudio de cine. Mucho ensayo y error. Sobre todo error. Pero con el tiempo fui puliendo el rodaje y la post, y empecé a sacar unos cortitos bastante piolas, hechos por dos mangos.

No eran pelis para festivales, pero al público le encantaban. Una llegó a superar las cien mil visitas en YouTube. Y más importante que eso, las familias quedaban chochas, yo perfeccionaba mis habilidades narrativas y el laburo me ayudaba a pagar las cuentas junto a las clases de inglés.
Negocio redondo.
Cuando la economía finalmente se recuperó, la tele volvió a llamar.
Jelou.
Esta vez, no era para el prime time de los canales de aire. Iba derechito a las ligas menores.
Conseguí trabajo como productor y luego director del talk show de culto por cable para geeks, Dominio Digital. Una especie de versión argenta del clásico estadounidense The Computer Chronicles, completo con una apertura estilo Star Trek que también dirigí. Eso me puso en la órbita del otro imperio televisivo argentino, Artear, donde también colaboré con otras producciones. Entre ellas, Convicciones, el icónico programa de chimentos conducido por Lucho Avilés, para quien dirigí una secuencia de apertura de acción al estilo de una peli de James Bond.
Chismes. 007. Ningún choque de mundos por ahí, ¿no?
Durante ese período, me encontré con otra dualidad: los pedidos de producir algo más narrativo y de calidad, pero con un presupuesto de tele por cable argenta.
Gracias a la gente piola con la que trabajé, incluyendo a Diego, hoy mi mejor amigo, aprendí todo lo que podíamos lograr con una compu común y corriente… y mucha imaginación. A esa altura, piloteaba el Premiere y el After como un Boeing.
Aclaro, lo de los aviones viene de familia. Mi abuelo fue uno de los ejecutivos que pusieron en marcha las operaciones de Aerolíneas Argentinas en Estados Unidos décadas atrás.
Yo, por ahora, hacía despegar cosas desde la compu.
¿A dónde quieren volar, chicos?
Con la posproducción digital, no parecía haber límites. De repente, empecé a mirar lugares cotidianos, imaginando en qué podría convertirlos.

Paralelamente, comencé a trabajar por proyecto con Ozono, un estudio de motion graphics que estaba dando sus primeros pasos. Eso me llevó a participar en producciones para Centroamérica y me dio la oportunidad de dirigir actores y modelos frente a pantallas verdes, filmando material que luego se integraría a los gráficos de televisión. Tenías que imaginarte la escena final mientras sólo veías a un tipo o una mina frente a un telón verde.
Con Ozono también escribí Guardianes del Agua, una serie educativa animada para chicos sobre el cuidado del agua y el medio ambiente, encargada por AySA.
Así es, además del English, me defendía bastante bien en castellano.
Ese proyecto fue galardonado con un Eikon de Oro, el premio más importante de América Latina a la excelencia en comunicación empresarial y de organizaciones.Y hablando de chocar mundos, encontré tiempo para filmar videoclips para bandas locales, incluyendo Shamat, una banda de rock alternativo de Buenos Aires, y su track picante Voy a chocar.
Cuatro rockeros y una femme fatale a bordo de un tren desbocado, a toda velocidad hacia un desastre asegurado en un mundo posapocalíptico.
Cámaras de DV. Recursos modestos. Capas y capas de postproducción. Y un arsenal completo de plugins que te volaban la cabeza.
Eso me hizo pensar. Había dedicado bastante tiempo a hacer realidad las ideas de otros.
¿Y las mías?
Con todo respeto, el melodrama y el costumbrismo nunca fueron lo mío. Por suerte, hay gente que hace eso muy bien. Yo suelo pensar las historias a escala planetaria y un poquito más allá también.
Además de las pelis de mafiosos, siempre me había inclinado por la ciencia ficción y los thrillers. Ni hablar de mi curiosidad por las tecnologías de avanzada, las conspiraciones en el poder y los personajes lo suficientemente locos como para meterse con todo eso. Sin más vueltas, dame una base en el desierto cuya existencia el gobierno niega, con algo raro en el hangar, y yo me quedo esperando hasta saber qué carajo hay adentro.
Sobre todo si la historia propone algo original y no una remake de todo lo que ya vimos.
Pero encontrar una historia propia que pudiera juntar todo eso me llevó un poco más de tiempo.

Escribí un par de guiones cinematográficos y los envié para que los leyeran. ¿Adiviná qué pasó?
Nothing.
Las ideas eran buenas. ¿La ejecución? Se quedaba medio corta. Viste que podés tener todos los ingredientes y aun así cocinar un plato horrible.
Luego me asocié con un amigo y compañero creativo para algo más ambicioso: un proyecto televisivo de ciencia ficción y fantasía. Pensamos que la magia del cine digital sería nuestra arma secreta.
Ya habíamos recorrido caminos extraños. Años atrás, cuando éramos estudiantes, habíamos hecho un corto humorístico sobre un superhéroe muy argentino. Sí, en SUPER-VHS. Capitán Calefón. Un tipo común con poderes extraordinarios, que cuando las papas quemaban, se transformaba en el artefacto de cocina más argento de la galaxia.
Qué Clark Kent, ni Bruno Díaz. El capi, papá.
Nuestro nuevo proyecto era más serio. Nos transportaba a un universo alternativo steampunk, donde una mujer común descubre un antiguo artefacto capaz de abrir un portal entre la Tierra y el Infierno.
Tranqui. Lo de todos los días.
Escribimos el piloto y grabamos un tráiler. Lo presentamos a un concurso de Fox.
Y, redoble de tambores…
No fuimos seleccionados.
Vivir y aprender, amigos.

Unos años más tarde, con parte del mismo equipo de producción, volvimos a intentarlo. Esta vez, rodamos un fan tráiler inspirado en... El Eternauta, la novela gráfica de ciencia ficción argentina por excelencia.
Lo nuestro contaba la historia de otro grupo de supervivientes durante la nevada mortal.
Por un lado, queríamos ver qué podíamos hacer con ese mundo, pero también lo pensamos como un homenaje a su brillante creador, Héctor Germán Oesterheld, desaparecido durante la última dictadura militar en Argentina.
We threw it onto YouTube, and it picked up plenty of views.
Lo subimos a YouTube y consiguió una buena cantidad de visitas.
A muchos les gustó. Otros tuvieron otras opiniones. Bienvenidos a YouTube.
La pieza se estrenó en realidad en Día H, un importante evento de cómics en Buenos Aires. Incluso un blog de cine independiente estadounidense llamado Quiet Earth escribió sobre la posibilidad de que se convirtiera en algo más. Años después, Netflix llevaría ese mundo a la pantalla con Ricardo Darín como protagonista.
En aquel entonces, no teníamos los derechos ni el permiso para continuar con el proyecto más allá de nuestro fan film, así que lo dejamos ahí.
No todos los proyectos tenían como objetivo pagar las cuentas. Algunos simplemente nos dieron la oportunidad de probar algo que no habíamos hecho antes. Y de vez en cuando, creábamos algo que iba un pasito más allá.
¿Quién vigila a los vigilantes… o sea, a los Watchmen?

En 2008, Warner Bros. lanzó un concurso en torno a la película Watchmen. El reto: crear un anuncio ficticio para Veidt Enterprises, una empresa del universo de la historia. El mismísimo Zack Snyder, director de la peli basada en la novela gráfica del mismo nombre, sería el encargado de evaluar las propuestas.
¿Qué pensamos con mi equipo? ¡Que seríamos unos boludos si no mandábamos algo!
Así fue que rodamos Nostalgia Timeless, un spot publicitario oscuro y atmosférico para Nostalgia, una fragancia de esos años 80 alternativos que Alan Moore y Dave Gibbons habían imaginado en su icónica novela gráfica.
Estética MTV. La mina. El tipo. La ciudad. Textura de cine negro con pinceladas de neón. Un apocalipsis nuclear en puerta y una fragancia para toda la eternidad. Además de dirigir el spot, también me ocupé de la banda sonora.
¿Les había comentado que además soy músico?
Sale choque de mundos con synth ochentoso.
Anyway, ahí estábamos, poniéndole toda la onda en un galpón de Parque Patricios con un telón verde. Jamás imaginamos que teníamos ni media chance. Era simplemente otra oportunidad de hacer cine asimétrico, mate mediante y con pilas de post digital. Y obvio, pasarla bomba.
Literalmente.

Lo más loco: Zack el crack eligió nuestro corto como ganador del gran premio.
Fue un momento más que increíble… surrealista.
Por supuesto, nos llevamos el dinero del premio y un póster de Watchmen firmado por el mismísimo mago de Esparta. Pero lo que más me impactó fue saber que algo que habíamos creado podía impresionar a alguien cuyo trabajo admirábamos en la gran pantalla.
Nos habíamos convertido en mejores narradores de historias. Esta vez, alguien se había dado cuenta.
Naturalmente, supuse que ahora sí el mundo abriría sus puertas.
Cómo la pifié.
En 2008, el sistema financiero, el de esta realidad, se detonó mal gracias a unos pícaros de traje y corbata. La onda expansiva alcanzó a la Argentina. Después de haber presenciado el desfalco de 2001, esto tenía un sabor conocido. Salvo que, esta vez, Wall Street había llevado la estafa a escala planetaria.
Empecé a pensar que los tipos que manejaban los piolines del planeta merecían un papel más protagónico en alguna futura historia.
Pero primero, otra temporada de vacas flacas.
Para entonces, ya era un tipo de familia. Si el teléfono no sonaba, con Snyder o sin él, no iba a apostar la economía familiar a mi próximo gran éxito artístico.
Creativo, sí. Boludo, no.
¿Más clases de inglés? ¡Obvio, chicos!
Pero ya no era la misma persona, ni tampoco vivíamos en el mismo mundo.
A esa altura, tenía experiencia contando historias que entretenían y encontrando la manera de hacerlas realidad con los recursos disponibles.
Si iba a ayudar a alguien a comunicarse mejor en otro idioma, quería poner algo de mi propio recorrido en esas clases. Hacerlo a mi manera.
Inglés con storytelling.
Entra en escena Story Paul

Esta vez, me contrató un centro de formación de idiomas para el ámbito de los negocios. Una movida muy distinta a la del instituto de Norma. La gente acudía a este lugar para sobrevivir a reuniones, explicar proyectos, conseguir trabajo. Todo en inglés.
Fue ahí donde conocí a Gustavo, un gerente de sistemas. El tipo tenía que hacer una presentación muy importante en la sede central de su empresa, en Europa.
En inglés y frente a un directorio al que describía como unos “jueces olímpicos” sin alma.
Resulta que, meses atrás, el equipo de Gustavo había logrado un rescate de software casi imposible. Ahora necesitaba que los de arriba entendieran cómo lo habían conseguido y por qué eso era importante para el futuro.
Yo, para entonces, de software no sabía demasiado. Pero Gus tenía otro problema.
“Necesito que me ayudes a contar una historia”.
Mirá vos. Justo conocía a alguien que sabía algo de eso.
Gustavo quería dar una especie de charla TED, pero no tenía ni idea de por dónde empezar.
Teníamos un mes para prepararla. Manos a la obra.
Diseñé un sistema para narrar historias llamado StoryDeck. Ahí junté mi experiencia como narrador audiovisual con lo que sabía del desafío de llevar una idea de un idioma a otro. El fantasma de aquel estudiante de ingeniería también tiró un par de centros.
Entre todos, encontramos una manera práctica de ayudar a alguien sin experiencia en narrativa a contar una historia en otro idioma.
El resultado: cartas tipo póker que dividían la narrativa en componentes manejables. Las mandamos a imprimir. Conflicto. Protagonista. Antagonista. Viaje del héroe. Todo en tres actos.
Nos metimos de lleno en eso.
Todo viento en popa hasta la cuarta semana. Ahí entramos en una tormenta de dudas.
Gustavito empezó a preocuparse demasiado por la gramática. Yo intentaba que se concentrara en la historia sin quedarse enganchado con algún que otro error. Que, en su caso, eran pocos.
Entonces no me quedó otra. Tuve que contarle la historia de emergencia. La de los dos lobos, coraje y miedo. Esa que termina con una pregunta: ¿a cuál querés darle de comer?
Gustavo conocía el tema del que tenía que hablar. Había protagonizado la historia. Sólo necesitaba darse la oportunidad de demostrarlo.
Y así fue. Hizo lo suyo y dejó a los europeos con la boca abierta.
Ah, ¿les conté que después de eso pegó un puestito de director a nivel regional?
¿No?
Ah, bueno. Eso.
Esa experiencia me valió el apodo de “Story Paul”. También me dio una base sobre la que construir.
Armé StoryPaul.com, mi base de operaciones para enseñar inglés a mi manera, con storytelling. En poco tiempo, también se convertiría en mi taller de experimentos educativos.

Primero llegó Hit the Road Paul, una serie de cuatro episodios grabada con una cámara dentro del auto mientras conducía desde mi casa hasta el centro de Buenos Aires. Yo comentaba el viaje en inglés, en tiempo real, mientras pasaba los cambios.
Calles y avenidas, embotellamientos, loquitos al volante y esa particular manera que tienen algunos de considerar las señales de tránsito como meras sugerencias.
Cada episodio incluía una transcripción, vocabulario, ejercicios y actividades interactivas. Frases útiles que la gente usa en el inglés del mundo real. De esas que rara vez aparecen en los diálogos excesivamente formales de algunos libros de texto.
Además, una banda sonora espectacular. Mi coche, mi música. Mis comentarios en directo. Incluidas mis opiniones sobre el GPS, que por aquel entonces todavía se sentía como tener a la NASA en la cabina.
A alumnos y colegas profes les encantó la serie y la compartieron, incluido mi amigo Jason R. Levine, profe y rapero, más conocido como Fluency MC. Más tarde, incluso armé un seminario web para profes de idiomas basado en la serie. Eso me ayudó a conseguir un contrato para crear otra serie educativa.

Idiomatic Inc. fue una sitcom unipersonal que me encargó una empresa de enseñanza de inglés con sede en Londres que trabajaba con escuelas. Yo interpretaba a Paul, un operador que atendía emergencias en inglés: modismos, verbos complejos, y otras estructuras difíciles.
Nunca se escuchaba bien la voz de quienes llamaban. Mi parte del diálogo y las payasadas que hacía contaban la historia.
Entre las llamadas de los clientes, se colaban las de mi jefe, mi mecánico, mi vieja, uno que se había equivocado de número y los de Área 51. Un tatuaje que me había dibujado con un Sharpie en el brazo cobraba vida y se convertía en un compañero insolente. Después, un robot venía por mi laburo. Y el cliente más difícil resultó ser un T-Rex con ganas de irse de vacaciones a Manhattan.
Digamos, el típico material para aprender inglés.
Metele risas enlatadas y un toque de bajo slap onda Seinfeld para los cortes, y mis años de Hollywood de escritorio habían encontrado otro uso.
A muchos alumnos y profes les encantó. ¿Y al director de la empresa de idiomas? No comment.
Será que el tipo no la vio.
Chau, segunda temporada.
El mundo seguía. Mi trabajo también.
Entre esos experimentos y todo lo que iba conociendo del mundo empresarial, seguí desarrollando mi propio método para enseñar inglés en el ámbito del trabajo.
Tenía en claro que los dinosaurios no iban a funcionar, pero StoryDeck sí.
De hecho, evolucionó hasta convertirse en Storylingo: una metodología de comunicación para organizar ideas importantes y contarlas de una manera clara y atrapante y, a la vez, desarrollar las habilidades en inglés.
Mientras armaba Story Paul, tampoco había dejado de experimentar con cortometrajes. Uno de ellos, Powers, era la historia de una nena que le cuenta a un alienígena acerca del ser con los poderes más extraordinarios de la galaxia… su mamá. Se llevó un tercer puesto en el My Hero International Film Festival en Los Ángeles.
Sí, de vez en cuando miraba el cosmos con ojos más inocentes.
Por tu culpa, Steven.
El productor seguía haciendo de las suyas.
Y este regreso a ganarme la vida ayudando a gente a comunicarse en otro idioma empezaba a tener otro sabor. Será porque, en algún punto, el productor, el guionista y el profe se habían puesto de acuerdo para trabajar juntos.
Menos mal que nadie se lo contó a George Costanza.
Había que pagar las cuentas. Encima, era bueno en lo mío.

Los experimentos empezaron a dar resultados. Los alumnos aprendían, los clientes encontraban soluciones y yo seguía afinando mi manera de trabajar. En el camino, también saqué mi certificación como instructor TESOL, para enseñar inglés a hablantes de otros idiomas.
Ahora sí, con los papeles en regla.
¿Qué habría dicho Norma?
Una lástima que ella y George no vivieran en el mismo universo. Se habrían llevado de maravilla.
En Story Paul, la idea era sencilla: ayudar a gente que necesitaba el inglés para aprobar un examen, sobrevivir a una entrevista de trabajo o explicar una idea sin convertir cada frase en un ejercicio de análisis sintáctico.
Y cuando alguien que yo había preparado conseguía laburo o hacía una presentación que le abría una puerta, la satisfacción era enorme.
El trabajo creció. Entre mis propios clientes y los que llegaban a través de agencias importantes, como PLS, trabajé con especialistas en software, analistas financieros y otros profesionales cuyo inglés tenía que servir para bastante más que completar un ejercicio.
Tenían proyectos que explicar. Clientes a los que convencer. Algunos, una carrera en juego.

También di talleres de inglés de negocios en más de una decena de empresas de primer nivel, entre ellas NCR, EY y Disney. Con el tiempo, empecé a trabajar con altos ejecutivos y líderes de empresas.
Las preguntas cambiaron.
¿Cómo explico esta estrategia? ¿Cómo consigo que el directorio me apoye?
¿Cómo le digo a mi equipo algo que probablemente no le va a gustar?
Andá a resolver eso con verbos irregulares.
Trabajar con esta gente también me permitió entender en profundidad los cambios que se venían dando en tecnología y finanzas. Y lo que nacía del cruce entre ambas: las fintech. Un mundo que la mayoría de mis colegas, tanto del ámbito creativo como del educativo, rara vez veían de cerca.
Encima, para un tipo al que le podían las historias sobre tecnología y poder, eso desbloqueaba otro nivel narrativo. Conocer cómo funcionaban una blockchain, el desarrollo full-stack o la banca de inversión abría las puertas a un montón de historias posibles.
Con el tiempo, pasé de profe a coach que preparaba a profesionales para desafíos puntuales. Después, a asesor en comunicación ejecutiva, trabajo que sigo haciendo hoy.
Ya no se trataba sólo de ayudar a comunicar una idea. También participaba en la construcción de la estrategia: qué decir, a quién y cómo hacer que el mensaje llegara. Eso incluía escribir discursos que otros pronunciaban y ayudar a líderes de distintos sectores a encontrar la mejor manera de encarar una conversación importante.
Para entonces, el trabajo ya me llegaba directamente. Los propios ejecutivos me recomendaban a sus colegas. Boca en boca.
Algunos incluso eran figuras públicas.
¿Nombres? Perdón, amigos. Firmé acuerdos de confidencialidad.
Resulta que tantos años escribiendo, dirigiendo y editando me habían enseñado a encontrar el hilo de una historia, decidir qué hacía falta contar y qué convenía dejar afuera.
Eso venía bastante bien para ayudar a alguien que tenía cinco minutos para explicar algo complicado y necesitaba que la sala lo siguiera.
Dirigir producciones también me había curtido en el trato con la gente. Escuchar, reconocer cuando me equivocaba, ajustar el rumbo o plantarme cuando hacía falta. Con un equipo de creativos y el reloj corriendo, había tenido bastante práctica. Después, frente a un alumno frustrado o un cliente en una situación difícil, ese entrenamiento también servía.
¿Quién lo hubiera dicho?
Dar clases me había ayudado a pasar las épocas de vacas flacas. Ahora el trabajo tenía impulso propio.

En el camino, Vicki Hollett, que lamentablemente ya no está con nosotros, y mi amigo Jason R. Levine, Fluency MC, me invitaron a participar en un episodio sobre cómo aprender inglés con películas para su serie de YouTube, Simple English Videos.
Pelis. Idiomas. Con ellos.
Decime dónde firmo.
Más tarde, Jase me entrevistó para American TESOL sobre Storylingo y mi manera de enseñar inglés. Poder intercambiar ideas con gente a la que admiraba era otro lindo beneficio de esta profesión que había empezado como un plan B para pagar las cuentas.
Storytelling en tiempos de Zoom

También empecé a capacitar a colegas del ámbito educativo. En seminarios web y talleres online, trabajé con docentes de distintas partes del mundo: cómo usar las historias en video para ayudar a adquirir el idioma y cómo ayudar a los alumnos más jóvenes a contar las suyas con medios digitales.
Durante la pandemia, también di un curso online intensivo de herramientas para enseñar a docentes de escuelas públicas de Salta. De golpe, había que tener nociones de imagen y sonido para dar clases. Había poco tiempo y mucho que aprender.
Bienvenidos a la era Zoom.
¿Me escuchan bien?
Años antes, ya había dado capacitaciones en formato MOOC junto a Fluency MC en WizIQ. Más recientemente, tuve la oportunidad de formar a profes de idiomas del excelente equipo de PLS y a docentes de toda América Latina a través de Sharing Materials – Resources for Teachers.
Ahí tuve la suerte de trabajar con Andrea Pollera, una de las profesionales de la educación más dedicadas que conocí. Súper atenta y cálida, además.
De hecho, en un taller que ella lideró, pude conocer al Dr. Stephen Krashen y aprender de él. Una eminencia en adquisición de idiomas, aparte de un tipazo. Fácil, el equivalente a Martin Scorsese en el mundo de los idiomas. Y con un gran sentido del humor.
Y miren qué interesante. El mismísimo Krashen sostiene que adquirimos un idioma al comprender lo que escuchamos y leemos, y que las historias que entendemos y nos atrapan son una vía especialmente potente para lograrlo. Mucho más que pasarnos la clase haciendo ejercicios gramaticales.
Norma jamás se lo hubiera imaginado.
¿Los otros mundos? Ahí estaban.
En 2020, Ozono andaba buscando a un productor bilingüe, hábil con el Zoom y de confianza para un videoclip educativo en inglés sobre el COVID-19, con la participación de artistas estadounidenses ganadores del Grammy.
Mi amigo Adrián, fundador de Ozono, sabía a quién llamar.
De vuelta a la producción. Esta vez, en plena pandemia y con el trabajo de Story Paul a toda máquina. Había que meter los dos mundos en un mismo calendario… y sin clonarme.
Por esa época, con mi viejo compañero de aquel piloto de fantasía, también nos pusimos a escribir una novela de aventuras a escala interdimensional. Avanzamos bastante, hasta que el proceso creativo se estancó. Al final, la dejamos estacionada. En esta dimensión, creo.
Otra historia esperando. Por ahí vuelva a ponerla en marcha.
Mientras tanto, seguía buscando cómo juntar las cosas que me intrigaban desde hacía años: tecnologías exóticas, programas que oficialmente no existían y el poder detrás del poder. Había probado distintas maneras de entrarle a eso. Ninguna terminaba de cerrar.
Hasta que, en 2024, en una de mis clases de inglés, escuché… dos palabras.
“Pará. ¿Qué dijiste?”

A través de una agencia que me conectaba con alumnos en Asia, le daba clases a un joven coreano que se preparaba para entrar a la universidad. Quería estudiar ingeniería. Un pibe muy aplicado, con una agenda hasta las manos.
Un día estábamos leyendo un artículo cuando se topó con el nombre del famoso capo de la mafia Al Capone.
Salvo que él lo pronunció un poco distinto.
“A.I. Capone” (ey-ai-kapoun).
Claro, el tipo pensaba que estábamos hablando de inteligencia artificial, cuyas siglas en inglés son justamente “A.I.”.
“Pará. ¿Qué dijiste?”.
Lo leyó otra vez. Igualito.
“A.I. Capone.”
“No, no. Eso es una L. Al Capone. Sabés quién era, ¿no?”.
No tenía ni la más pálida idea.
No problem. Marcha una miniclase de historia.
Estados Unidos, década de 1920. La Ley Seca. El gobierno prohíbe el alcohol y un gánster de origen italiano arma un negoción vendiéndolo de todos modos. Para darle una referencia, googleé un par de pelis policiales coreanas que conocía, entre ellas Al margen de la ley, con Ma Dong-seok, también conocido como Don Lee.
Ahora sí que habían chocado los mundos.
El coreano estaba chocho.
Yo ni te cuento. Pero por distintas razones.
A.I. Capone.
Inteligencia artificial con nombre de capo de la mafia. En algún lugar de mi cerebro, la base secreta abrió sus compuertas.
Mi alumno aprobó sus exámenes y siguió con su vida. Más tarde le conté que su error de lectura me había inspirado una idea para una historia. Le pareció bien. Él y su familia sólo me pidieron que no mencionara su nombre.
Trato hecho.
Choque de copas vía Zoom.
감사합니다. (kam-sa-jam-ni-dá) Gracias, amigazo.
Ahora, pasar de esas dos palabras a A.I. Capone: The Digital Don, mi primera novela, publicada en 2025, requirió bastante más que corregir una letrita. Pero finalmente había encontrado la manera de meter programas secretos, corrupción, intriga y mi sentido del humor en una misma historia.
Esta sí que salió a la ruta.
En septiembre de ese año, llegó al número 1 en la lista de ciencia ficción cyberpunk de Amazon. Luego ganó el premio Indies Today 2026 a la mejor obra de ciencia ficción.
Después de los guiones, el episodio piloto, los proyectos estancados y tanta espera a que sonara el teléfono, lectores de distintos países estaban conociendo un mundo que yo había creado.
Eso me cambió.
A chocar mundos

Mirá, no necesitás escribir historias sobre jefes de la mafia cibernéticos para participar. Probablemente tu camino sea distinto.
Pero te cuento una realidad incómoda. Todo el mundo tiene su costado rarito. Vos también. Alguna pieza del rompecabezas que no encaja del todo. Círculos que no hay manera de cuadrar. Mundos que chocan.
Podés dedicarle tiempo y esfuerzo a mantenerlos separados, escondidos unos de otros. O podés ver qué pasa cuando los dejás que se conozcan y se vayan al bar de la esquina a tomar un café.
Resulta que el productor, el profe y el autor tenían mucho que contarse. Una charla de película. El café y las medialunas, ni te cuento.
Mientras escribo esto, me dedico a contar historias.
Las de mis clientes. Y las mías.
En una de esas, tu choque de mundos tiene algo para ofrecerte.
No lo sé.
O podés ser George y nunca enterarte.




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